🗺️ Capítulo 4. El mapa que guardaba una historia

🗺️ Capítulo 4. El mapa que guardaba una historia

Mateo descubre que el misterioso mapa de PerĂş guarda una historia familiar y una palabra que ha viajado entre generaciones.

Mateo extendiĂł el mapa sobre la alfombra.

Lo alisĂł con las manos.

Había montañas.

Un océano.

Ciudades.

RĂ­os.

Y una palabra escrita con letras grandes en la parte superior.

PERĂš.

Mateo sonriĂł.

Claro que conocĂ­a aquel lugar.

HabĂ­a estado allĂ­ varias veces.

Era el paĂ­s de sus abuelos.

El paĂ­s donde habĂ­a nacido su padre.

El paĂ­s de los mangos de verdad, como decĂ­a siempre el abuelo.

Pero aquel no parecĂ­a un mapa normal.

Había una línea roja que empezaba en Lima y recorría varios lugares hasta terminar en un pequeño círculo dibujado a mano.

Junto al cĂ­rculo habĂ­a una estrella.

Y una palabra:

CASA.

Mateo frunció el ceño.

—Otra vez casa...

MirĂł dentro del cofre.

No había nada más.

Solo el mapa.

Le dio la vuelta.

Nada.

Lo acercó a la lámpara.

Nada.

—Abuelo…

Esta vez su pista era todavĂ­a peor.

CogiĂł el mapa y saliĂł de la habitaciĂłn.

Su padre estaba en la cocina preparando la merienda.

—Papá.

—¿Sí?

Mateo puso el mapa sobre la mesa.

Su padre dejĂł lo que estaba haciendo.

Durante unos segundos no dijo nada.

—¿Dónde…? —empezó.

Después sonrió.

Mateo lo mirĂł.

—Tú sabes.

—¿Yo?

—Papá…

Su padre intentĂł disimular, pero se le escapĂł una sonrisa.

—Un poquito.

—¿Qué es esto?

Señaló el círculo.

Su padre se sentĂł a su lado.

—Ese es el pueblo donde creció el abuelo.

Mateo volviĂł a mirar el mapa.

—¿Morfar vivía aquí?

—Sí. Cuando era niño.

Mateo acercĂł la cara al papel.

Nunca había pensado demasiado en que su abuelo también había sido un niño.

Un niño que corría.

Que jugaba.

Que iba al colegio.

Que tendrĂ­a amigos.

—¿Y esta casa?

Su padre tardĂł unos segundos en responder.

—La casa de tus bisabuelos.

Mateo levantĂł la cabeza.

—¿Mis… bisabuelos?

—Los padres del abuelo.

Mateo intentĂł imaginarlo.

Su abuelo siendo pequeño.

Sus bisabuelos.

Una casa al otro lado del mundo.

Una familia que había existido mucho antes de que él naciera.

—¿Todavía está?

—Sí.

—¿Has estado allí?

Su padre sonriĂł.

—Muchas veces.

Mateo volviĂł a mirar el mapa.

HabĂ­a algo escrito junto a la estrella.

La letra era tan pequeña que casi no podía leerla.

AcercĂł el papel.

PREGUNTA POR LA PALABRA QUE VIAJĂ“.

—¿Qué significa esto?

Su padre levantĂł las manos.

—Eso tendrás que descubrirlo tú.

—¡Pero tú sabes!

—Puede ser.

—Pappa!

Su padre se echĂł a reĂ­r.

—Las reglas son las reglas, explorador.

Mateo abriĂł mucho los ojos.

—¡Eso dice el abuelo!

—Será cosa de familia.

Mateo cogiĂł el mapa y volviĂł a su habitaciĂłn.

La palabra que viajĂł.

Se sentĂł en la alfombra.

¿Qué palabra podía viajar?

Las palabras no tenĂ­an piernas.

Ni maletas.

Ni podĂ­an subir a un aviĂłn.

Aunque...

Mateo pensĂł en su abuelo.

HabĂ­a nacido en PerĂş.

Después había viajado a Suecia.

Allí había criado a su hijo hablando español.

Su hijo habĂ­a crecido.

Había tenido un niño.

Y ahora ese niño era él.

Mateo.

MirĂł otra vez el mapa.

PerĂş.

Suecia.

Dos lugares muy lejos uno del otro.

Entonces recordĂł algo que su abuelo le habĂ­a dicho muchas veces.

Una frase que Mateo entendĂ­a perfectamente, aunque casi nunca la decĂ­a.

No importa dĂłnde vivamos. Hay cosas que siempre viajan con nosotros.

Mateo se levantĂł.

Corrió hacia su escritorio y cogió un lápiz.

Debajo de la frase LA PALABRA QUE VIAJĂ“, escribiĂł:

¿ESPAÑOL?

Se quedó mirándola.

No estaba seguro.

Quizá era demasiado fácil.

Entonces vio algo en una esquina del mapa.

Un pequeño dibujo que antes no había notado.

Era un teléfono.

Debajo habĂ­a tres palabras:

LLAMA AL ABUELO.

Mateo sonriĂł.

Esta vez no esperĂł a que nadie organizara la videollamada.

CogiĂł la tableta y corriĂł hacia el salĂłn.

—¡Papá!

—¿Qué pasa?

Mateo levantĂł el mapa.

—Necesito llamar al abuelo.

Su padre lo mirĂł divertido.

—¿Ahora?

—¡Sí! Ahora.

Unos minutos después apareció la cara del abuelo en la pantalla.

—¡Explorador!

Mateo ni siquiera lo saludĂł.

Le enseñó el mapa.

—Abuelo. La palabra que viajó.

El abuelo sonriĂł.

—Ajá.

—¿Es español?

El abuelo no respondiĂł.

—Abuelo…

—Estás cerca.

Mateo puso cara de desesperaciĂłn.

—¡Dime!

El abuelo se riĂł.

—No puedo.

Mateo protestĂł en sueco.

—Det är inte rättvist!

—Nunca dije que fuera fácil —respondió el abuelo.

Después acercó la cara a la cámara.

—Pero te daré la última pista.

Mateo se quedĂł muy quieto.

El abuelo señaló primero su propio corazón.

Después señaló a Mateo a través de la pantalla.

—La palabra que buscas salió de aquí…

VolviĂł a tocarse el pecho.

—…y llegó hasta ahí.

Mateo se mirĂł.

—¿Aquí?

—Ahí.

Mateo puso una mano sobre su pecho.

El abuelo sonriĂł.

—Nos vemos pronto, explorador.

—¡Pero abuelo!

La pantalla se apagĂł.

Mateo permaneciĂł inmĂłvil.

MirĂł el mapa.

Miró la palabra ESPAÑOL que había escrito.

Después miró su propia mano apoyada sobre el corazón.

Por primera vez comprendió que quizá no estaba buscando una palabra escondida en un mapa.

Quizá llevaba buscándola en el lugar equivocado desde el principio.

Y quizá...

La última pista había estado dentro de él todo el tiempo.

Continuará…

đź”— Ve al capĂ­tulo final


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