🗺️ Capítulo 2. La primera pista

🗺️ Capítulo 2. La primera pista

Mateo intenta resolver la primera pista del misterioso cofre. Una videollamada con sus abuelos le acerca un paso más al secreto.

Mateo se quedĂł mirando el candado.

Cinco ruedas.

Cinco letras.

Y una Ăşnica pista.

"Cinco letras tendrás que encontrar.

En este país frío no me verás crecer.

Alguien de tu familia me echa mucho de menos

y en casa mi historia has oído más de una vez."

VolviĂł a leer la nota del abuelo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Después giró la primera rueda del candado.

Luego la segunda.

Y la tercera.

Nada.

—Esto es imposible…

Cogió un lápiz y un cuaderno y empezó a escribir todas las palabras que se le ocurrían.

CorazĂłn.

CanciĂłn.

RatĂłn.

AviĂłn.

CamiĂłn.

Las contĂł con los dedos.

Ninguna tenĂ­a cinco letras.

BorrĂł.

VolviĂł a empezar.

Entonces pensĂł en sueco.

Quizá la respuesta estaba allí.

hjärta.

No.

sĂĄng.

Tampoco.

mus.

Nada.

Cuanto más pensaba, más confundido estaba.

Hasta que oyĂł la voz de su madre desde el salĂłn.

—Mateo! Morfar och mormor ringer! ¡Los abuelos!

Mateo levantĂł la cabeza de golpe.

¡El abuelo!

MirĂł la nota.

MirĂł la firma.

Abuelo.

Claro.

Si alguien sabía cuál era la palabra, era él.

Dejó el lápiz sobre el suelo y salió corriendo de la habitación.

—¡Voy!

Por primera vez aquella tarde, las palabras en español parecieron salir sin pedirle permiso.

Cuando llegĂł al salĂłn, sus abuelos ya estaban en la pantalla.

Al otro lado de la videollamada, en PerĂş, entraba tanta luz por la ventana que Mateo casi tuvo que entrecerrar los ojos.

—¡Hola, explorador! —dijo el abuelo nada más verlo.

Mateo se acercó rápidamente a la pantalla.

—Abuelo…

—¿Qué pasa? —preguntó él intentando poner cara de inocente.

Mateo lo mirĂł fijamente.

Su abuelo sonreĂ­a demasiado.

—El cofre.

La sonrisa del abuelo se hizo todavía más grande.

—¿Qué cofre?

—¡Abuelo!

La abuela empezĂł a reĂ­rse.

—Jag tror att morfar vet något…

Mateo señaló la pantalla.

—¡Sí! ¡Él sabe!

—¿Yo? —dijo el abuelo llevándose una mano al pecho—. ¿Por qué piensas eso?

—¡Porque… porque…!

Mateo se detuvo.

SabĂ­a perfectamente lo que querĂ­a decir, pero la palabra no aparecĂ­a.

MoviĂł las manos buscando una forma de explicarlo.

—Du skrev brevet!

—Ahhh… —dijo el abuelo—. ¿La carta?

—¡Sí! La carta. Tú… escribiste.

—Puede ser.

—Abuelo…

—Puede ser que sí —respondió él, muy serio.

La abuela volviĂł a reĂ­r.

Mateo también.

—Necesito… pista.

—¿Una pista?

—Sí.

El abuelo negĂł lentamente con la cabeza.

—Eso sería hacer trampa, explorador.

—Men morfar!

—Nada, nada. Las reglas son las reglas.

Mateo cruzĂł los brazos.

El abuelo se acercó un poco más a la cámara.

—Aunque puedo recordarte algo.

Mateo descruzĂł los brazos inmediatamente.

—¿Qué?

—Las mejores pistas no siempre están escondidas.

Mateo esperĂł.

—A veces están delante de nuestros ojos.

—¿Eso es una pista?

—Yo no he dicho nada.

La abuela le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Låt pojken tänka!

Los tres se echaron a reĂ­r.

Después hablaron un rato más.

Del colegio.

Del frĂ­o de Estocolmo.

Del calor de PerĂş.

Del partido de fĂştbol.

Y de un mango enorme que habĂ­a crecido en el jardĂ­n.

Las palabras iban y venían entre el sueco y el español.

Si Mateo no encontraba una en español, la decía en sueco.

Si empezaba una frase en un idioma y la terminaba en el otro, nadie se detenĂ­a a corregirlo.

Simplemente hablaban.

Y se reĂ­an.

Como siempre.

Pero Mateo tenĂ­a la cabeza en otra parte.

Delante de nuestros ojos.

En cuanto terminĂł la videollamada, saliĂł corriendo hacia su habitaciĂłn.

Se arrodillĂł frente al cofre.

MirĂł el candado.

Las cinco ruedas.

La nota.

El sobre.

Todo seguĂ­a exactamente donde lo habĂ­a dejado.

—Delante de mis ojos… —murmuró.

CogiĂł el sobre.

Lo observĂł.

Nada.

Entonces le dio la vuelta.

Mateo abriĂł mucho los ojos.

En la parte de atrás había algo que no había visto antes.

Un pequeño dibujo.

Una margarita.

Y debajo, escritas con una tinta casi borrada, aparecĂ­an tres palabras:

EMPIEZA POR CASA.

Mateo sintiĂł un cosquilleo en el estĂłmago.

MirĂł alrededor de su habitaciĂłn.

La cama.

Los libros.

Los juguetes.

La ventana.

Las fotografĂ­as.

Casa.

¿Qué quería decir el abuelo?

Quizá la palabra que buscaba había estado allí todo el tiempo.

Delante de sus ojos.

Continuará…

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